Cuando Anagrama te propuso escribir, ¿cómo recibiste la idea?
Con muchísima ilusión, por la propuesta en sí y, sobre todo, porque justamente era para Anagrama, que podría decir sin balbucear que es mi editorial favorita. Pero el miedo también estaba ahí, acechando. Sentía mucha responsabilidad.
Has dicho que eres otra persona después de escribirlo. ¿En qué sientes que te ha transformado el libro?
Creo que me ayudó a dar un paso más hacia un lugar completamente desconocido. De repente, me detuve en mi rutina diaria de trabajo (juraría que es la misma desde hace casi veinte años) y empecé a escribir. Escribir te obliga a ralentizar el tiempo. Eso fue lo que más disfruté: parar, parar para poder pensar.
El día a día no deja espacio para eso si no lo fuerzas. Hoy estoy más convencida que nunca de que hay miles de cosas aparentemente banales en nuestro trabajo que pensamos que no son políticas (o importantes), pero que sí lo son. Y que todos los que vivimos la profesión como un oficio pasamos por experiencias parecidas.
Como Alumni de Elisava, ¿qué aprendizajes de tu paso por la escuela todavía te acompañan en tu día a día?
Creo que el proyecto final fue lo que más me marcó. Tuve la suerte de tener a dos profesores (Albert Cano y Connie Mendoza) que me acompañaron muy bien, y la oportunidad de hacer un ejercicio de pensamiento similar al que hice con el libro ahora, con muchísima libertad, justo antes de salir al mundo laboral.
Fue una base para construirme y pensarme con calma, antes de la tormenta.