En Barbecho hay una conexión muy fuerte entre paisaje y memoria. ¿Qué significa para ti la idea de “volver al pueblo”? ¿Qué te gustaría que los lectores se llevaran al cerrar el libro?
Yo nací ya en Teruel, pero siempre he conservado un fuerte vínculo con Pancrudo, el pueblo de mis abuelos. Diría que para mí, volver allí es volver al punto de partida. Llevo ya 10 años fuera de casa y, aunque he aprendido mucho en las ciudades en las que he estado, siempre necesito volver de cuando en cuando. Considero que las raíces, donde crecemos, la familia, etc. acaban siendo una parte importante de cómo vemos el mundo. Así que volver a Pancrudo me hace mirar hacia todo eso, al contexto de donde vengo. Creo que me sitúa en perspectiva dentro de él y me ayuda a entenderme mejor en el resto de lugares.
Por mi parte, me gustaría que el lector hiciese suya la historia. Que el libro logre hacerle pensar en sus propias raíces y verlas como algo por lo menos a tener en cuenta. Y por otro lado, a los que el tema les pilla más lejos, que les muestre también la despoblación desde nuestra perspectiva. Que se entienda que no solo son pueblos que se vacían, si no que son aparte una pérdida cultural y de identidad.
¿Cómo fue tu paso por el Máster en Ilustración y Narrativa Visual en Elisava? ¿Qué papel jugó en la gestación de Barbecho?
El Master fue una oportunidad de empaparme de referentes y empezar a ver todo lo que rodea a un cómic. A parte de desarrollar Barbecho como proyecto final, que sí que sirvió para estructurar bien qué pasos seguir, siento que la novela se enriqueció sobre todo del ambiente de las clases durante el año. Al final fueron 10 meses llenos de conversaciones, trabajos y lecturas en torno al cómic, en los que conocí obras y artistas a los que igual por mi cuenta nunca habría llegado. Esto junto a la experiencia de las profesoras y profesores, y el trabajo del resto de mis compañeros, me descubrió la cantidad de formas posibles en las que se puede abordar el medio.