¿Qué te llevó a fundar Alted Materials?
Darme cuenta de la responsabilidad que tenemos como diseñadores al poner objetos en el mundo. Según la economía circular, todo lo que producimos puede ser veneno o alimento para el planeta. Lo mínimo que podemos hacer es intentar ser neutros.
Durante mi carrera profesional, desde que salí de Elisava, trabajé en estudios de diseño en Londres y Estocolmo, desarrollando productos de los que se fabricaban millones de unidades. Aunque intentaba que esos objetos fueran lo menos contaminantes posible, al final todo dependía de si la industria realmente los producía y reciclaba como se había pensado. Como diseñadora, hay muchas cosas que se te escapan de las manos.
Llega un punto en el que sentí que necesitaba controlar toda la cadena. Desde la materia prima hasta el resultado final. Por eso decidí trabajar directamente con materiales que fueran realmente reciclados y reciclables. Así nació Alted.
Alted nace con un propósito claro: materiales circulares, reciclables y sin tóxicos. ¿Qué retos técnicos y creativos tuvisteis al convertir esa visión en un producto real?
Trabajar con residuos significa trabajar con incertidumbre. No tienes el control total. La materia prima es heterogénea, cambia constantemente. Si te enfrentas a un material reciclado desde la mentalidad perfeccionista que permite un plástico virgen, te vas a frustrar rápido.
A nivel técnico, la industria todavía no está preparada para esta variabilidad. Todo está pensado para procesos estandarizados, donde todo encaja al milímetro. Y luego hay otra barrera: aún no existen en grandes cantidades ingredientes realmente sostenibles —ni pinturas, ni aglomerantes, ni componentes que además pasen certificaciones legales.
A mí lo que más me ha costado no ha sido crear, sino hacer que llegue al mundo. Que sea viable industrialmente, que cumpla normas, que la gente lo entienda y lo quiera usar. Desde lo creativo ha sido incluso más divertido. El reto es cómo hacerlo realidad sin renunciar a los valores.